viernes, 30 de noviembre de 2012

Mas de Carlos Montefusco

"Cumplidor el Malevo"
¡Que heladita cayó mi amigo!








"Diez años entre infieles"

Huir de la justicia, o por razones políticas, podía ser la razón, para que un criollo de antaño decidiera cambiar su vida al refugiarse entre los distintos asentamientos indios que se hallaban en el desierto, mas allá de la línea de fortines. Algunos de estos hombres cobraban notoriedad como integrantes de aquellos pueblos indígenas, como fue el caso del coronel Baigorr
ia, quien vivió muchos años en las tolderías ranqueles formando su propia tribu.

El paisano retratado aquí, viste sus lujos gauchos en los que se aprecian una mestizaje igual al ambiente donde se desenvuelve su dueño. El chiripá de merino negro, la rastra es de las llamadas "del perro", motivo que aparece en una cabezada con bozalejo de plata que perteneciera al cacique Mariano. Las sogas son torcidas, de clásica confección aborigen. Las espuelas son de platería pampa, sencilla y bonita, fruto de los talleres indios. Los estribos, pequeños, para estribar entre los dedos, son de plata, conocidos como de "arco" o porteños. Lleva botas de potro, ajustadas con ligas pampas; y porta su facón al frente de su cintura, costumbre de muchos criollos e indios para compadrear cuando iban de a pie. Un detalle curioso es la carona de vaca que compone el recado de lomillo. Esta carona presenta un diseño logrado al raspar el pelo del cuero formando bonitos dibujos.




"El cantón"

Los fortines o cantones, avanzadas de los cristianos, estaban ubicados en la frontera con el indio. Alejados de las principales poblaciones sus ocupantes se hallaban a la buena de Dios, y a merced del ataque del enemigo.

Su única defensa era un foso, un muro de barro, y si había madera un cerco de palo a pique, además del infaltable mangrullo.

Diariamente se despachaba un explorador a recorrer en busca de novedades (descubierta).

Estos precarios asentamientos fundados por milicos, son hoy en muchos casos pujantes ciudades de nuestra llanura.






"Ara vaí"

Che renoi la patrón, sí sí me llamó el patrón, agarré caballo, el cabos negros que es bien guapo y me largué antes de que me agarre la tormenta; me siguió la barbucha. Pa´ cortar camino fui costiando el estero, por el monte de curupíes.
En el viaje me acordé de unos cuentos que me hacía mi padre, de cuando él y el hermano fueron a trabajar a una estancia en Buenos Aires. Ganaban bien, p
ero quisieron volver al pago, y aquí estoy.
Suerte que le gané a la lluvia. La barbucha se durmió una siesta después del viaje.

"Leandro Verón se descolgó suavemente del nochero en la puerta del corral y sin abandonar
las riendas, colocó una tras otra las trancas de palma."
Justo P. Saenz (h), "Corrientes"
 — conAgropecuaria Reconquista.





"Cuidao con ese fierro"

En el tiempo antigua, las yerras eran algo grandioso. Hasta el más pobre tenía tropiya. Se arriaba la hacienda tuita la noche por esos pajonales y cañadones inmensos, a veces con heladas machazas. Se paraba rodeo en campos sin alambre. No había montes ni nada.
La hacienda era tuita crioya, chiquita y muy aspuda.
Había que ser muy jinete.


"Viniendo del 25 pa` General Alvear, me avisó el bolichero de "El Parche" de que en "El
Mirador" de Olaso había yerra y que iban a ocupar gente. Tonce yegué."
Rafael Darío Capdevila, "Cuentos del Caminante"







"En el jagüel"

En la estancia sabía haber cuadrillas grandes de avestruces. Estaba pruhibido salir a bolear.
Se los véia caminar por los surcos comiéndose las plantas de máiz. La avestruzada aumentó
tanto que se nos dio permiso pa' correrlos. Aura se han achicao mucho las bandadas.

"La especie americana no esta exenta de la ley general, que prescribe a los animales de sangre
roja y caliente el uso del agua, con más razón a los muy móviles, y que deben sufrir, como el ÑANDÚ, dobles pérdidas.

Francisco Javier Muñiz, "Escritos científicos".

La Luz Mala


Nuestro interior provinciano es muy lindo en paisajes y bellezas naturales, pero más bondadosa ha sido la naturaleza con el hombre que habita en esas "soledades"; en esa eterna quietud y paz. Soledad que se convierte en compañía para el espíritu, que le infunde melancolía y le fortifica el alma. Pero no siempre hay tranquilidad en esos parajes; las corridas, los velorios, las fiestas religiosas y las supersticiones mantienen inquieto al hombre de cerro y de campo y le tornan divertida su monótona vida.
La riqueza cultural de nuestra gente es inimaginable; resultado de la fusión de las antiguas culturas aborígenes, del cristianismo, de las soledades y desventuras que en el marco geográfico se desarrollaron a través de años y años. Un tesoro que el hombre de la ciudad por su vida agitada y sofocante muchas veces no conoce, y que forma parte de nuestra tradición.
Entre las supersticiones y leyendas de la gente del campo o de los cerros está la de la "luz mala" o "Farol de Mandinga", mito con trascendencia religiosa que se extiende por casi todo el Noroeste Argentino.
En algunas épocas del año (generalmente las más secas) se suelen ver de entre las pedregosas y áridas quebradas de los cerros del oeste tucumano (Mala Mala, Nuñorco, Muñoz, Negrito, Quilmes, etc), a la oración - de tarde -, o cuando los últimos rayos del sol iluminan las cumbres de los cerros y el intenso frío de la noche va instalándose en los lugares sombreados, una luz especial, un fuego fatuo; producto de gases exhalados por cosas que se hallan enterradas conjugados con los factores climáticos; a ella - con terror y morbosidad - los lugareños denominan "luz mala" o el "farol del diablo".
El día de San Bartolomé (24 de agosto) es el más propicio para verlos, ya que es cuando parece estar más brillante el haz de luz que se levanta del suelo y que, por creencia general, se debe a la influencia maligna, ya que popularmente estiman que es el único día en que Lucifer se ve libre de los detectives celestiales y puede hacer impunemente de las suyas (Ambrosetti, "Supersticiones y leyendas").
La luz es temida también por que imaginan ver en ella el alma de algún difunto que no ha purgado sus penas y que, por ello, sigue de esa forma en la tierra.
Generalmente nadie cava donde sale la luz por el miedo que ésta superstición les ha producido, los pocos que se han aventurado a ver que hay abajo de la luz siempre han encontrado objetos metálicos o alfarería indígena - muchas veces urnas funerarias con restos humanos, lo que aumentó el terror- que al ser destapada despide un gas a veces mortal para el hombre, por lo que los lugareños aconsejan tomar mucho aire antes de abrir o sino hacerlo con un pullo - manta gruesa de lana - o con un poncho, de suerte que el tufo no llegue a ser respirado.
Debido a la continua migración a las ciudades y centros poblados, y por constante progreso estas leyendas van quedando reservadas solo para los mayores; la juventud se preocupa por otras cosas que estima más importante.-


fuente:http://www.clubeco.com.ar/cultura/la_luz_mala.html

lunes, 26 de noviembre de 2012

Grandes Obras De Carlos Montefusco

¡A DIOS GRACIAS, UNITARIO!
Acrílico sobre madera, 22 x 16, colección particular.

Una reja de pulpería, y la pared de adobe, con marcas de estancia. Un corto alero de paja, proyecta algo de sombra, bajo la cual se encuentra un joven gaucho. Por sus pilchas, estamos en la primera mitad del siglo XIX, ya que usa amplio chiripá, ajustado en las caderas, calzoncillo cribado, botas de potro despuntadas, y ajusta su tirador con dos yuntas.
Por sobre el tirador, lleva anudadas unas “avestruceras”
Su sombrero de paja, se engalana con una cinta azul-celeste, del mismo color que su pañuelo.
Por si no nos queda claro, con su saludo nos dice, ¡A Dios gracias, Unitario!



"Abrojo el picazo" acrílico, 40 x 60
El potro picazo, cabezón y lleno de abrojos se deshace tironeando del maneador.
El paisano lo espanta para que tironee y afloje el cogote, se dice: "lo está palenqueando" Están en un corral redondo bastante antiguón, con espacios cortos entre postes y alambre grueso del llamado "de vía"
El palenque, quizás de ñandubay, tiene tallada una cabeza. No es adorno, ..
.si al tironear el bagual, la soga sube, quedará atrapada en el rebaje y no se saldrá.
El gaucho usa chiripá bayo de trabajo, y unas gruesas medias de lana ajustan los calzoncillos. Chancletea las alpargatas. (este calzado fue difundido por los súbditos vascos al poblar nuestra tierra) La combinación de alpargatas y medias suplantó definitivamente el uso de la bota de potro, en la última dos décadas del siglo XIX.
Este hombre retacón y fornido, por sus rasgos seguramente pertenece a alguna de las tribus que se establecieron del lado cristiano de la frontera.
Palenquear un potro en doma, no fue, ni es en la actualidad una usanza de todos los domadores. La razón de palenquear era dejar dolorido al animal en la nuca, para que luego "cabresteara" con facilidad (siguiera mansamente al hombre)
Algunos animales se estropeaban de por vida, ese era el riesgo, el paisano decía "se descogotó"
 — 


"Acabau cristiano"

En el choque de culturas, a lo largo de la historia de la humanidad, el enfrentamiento bélico era inevitable.

Así ocurrió en nuestras llanuras, la escena representa a un guerrero pampa cargando con su "chuza", lanza larga que los indios blandían con especial maestría, era confeccionada en caña coligüe, su punta era de hierro, solía ser una media tijera de tusar o una hoja de cuchillo. Podían estar adornadas con plumas de ñandú coloreadas o crin de caballo, y poseía una "manija" correa de cuero de la que se tomaba el arma cuando no se la utilizaba.

La frase que da título a la obra pertenece al Martín Fierro de Don José Hernández.




"Al Siñuelo"
Acrílico sobre madera, 30 x 40 cm.

Se le llamaba "señuelo" o "siñuelo" a un grupo de bueyes mansos, que se utilizaban para guiar las tropas de hacienda.
Hace poco, ví en los informes de un viejo libro de estancia, que entre los detalles de las haciendas, majadas y manadas, figuraba un renglón donde decía "ciñuelo"......23. La primera vez que lo veo escrito con "c", y lindo el dato,
de que se componía en este caso de 23 animales.
Los bueyes señueleros respondían a la voz de mando de su entrenador, o al sonido de unos cascabeles que se usaban para llamarlos. Estos hacían punta en los arreos, y los vacunos empujados por su instinto gregario les seguían.
El señuelo era sumamente útil al trabajar con hacienda arisca, para cruzar lugares accidentados o atravesar un río.
También se usaba simplemente para meter la hacienda en el corral, o para formar una tropa.
Es esto último, lo que están haciendo estos dos paisanos. Han apartado una vaca criolla, guampuda y macaca, guiándola al siñuelo.
En cuanto ella lo vea, la dejarán, y solita rumbeará "al siñuelo"
El rebenque que se ve en lo alto no está anudado. Es que el lobuno cara negra, es medio nuevón en el aparte, y para que se vuelque más sobre el vacuno, el hombre viene remolineando el talero, y la lonja se enroscó, momentáneamente, sobre sí misma.
 — 



"Aprendices"
40 x 60 , acrílico sobre madera.

Esta escena se inspira en una anécdota que me contara don Rodolfo Casamiquela. Cierta vez, este famoso antropólogo, visitó a un paisano tehuelche de Santa Cruz. El hombre le mostró la técnica del trabajo en piedra, confeccionando en pocos minutos una perfecta punta de flecha usando una piedrita como materia prima y un punzón de hueso como herramienta
.
A pesar de que los tehuelches hacía ya varias generaciones que no usaban arco y flecha, todavía conservaba intacta la técnica aprendida de sus mayores.
En la pintura, los dos niños aprenden de su padre dicho "arte" El hermano mayor trae seguramente en su puño una piedrita para trabajar. El cachorro de guanaco, es un guachito criado en los toldos, que se usará como señuelo en el campo para atraer las tropillas de guanacos libres. El animalito completamente domesticado tiene un collar de lanitas de colores.
Al fondo otros dos toldos, con los colores del pelo de guanaco, y el árido paisaje del desierto patagónico.
Una pareja de loicas pasan al vuelo.
Después de la llegada del caballo, el pueblo tehuelche dejó de lado el arco y flecha (técnica de caza al acecho) por las boleadoras, que arrojaban desde sus montados a la carrera.
 —


"A recorrer"

Amaneció húmedo, el puestero ya en el corral agarra
el nochero, el perro mas joven impaciente, y el
perro viejo preferiría no salir hoy.

En la vestimenta del paisano aparecen el chiripá
y las alpargatas, y en el paisaje pareciera que se
recortan unos eucaliptos entre la neblina. Estos
detalles son propios de fines del siglo XIX.





"Asau y puchero"" acrílico sobre madera, 40 x 60
Los tehuelches fueron un orgulloso y vigoroso pueblo nómade, que habitó la llanura patagónica y la pampa, desde lo que hoy conocemos como el sur de Córdoba, hasta el estrecho de Magallanes.
La mujer de la escena es tehuelche, y se la reconoce por el uso del quillango, o capa de cuero. Ellos en su lengua le llamaban "kai" Muchos KAI estaban pintados
con figuras que representaban a cada clan. Su confección estaba a cargo de las mujeres.
La mayoría de los KAI, estaban hechos con cueritos de chulengo (cría del guanaco), cocidos. Para una capa destinada a un adulto eran necesarios hasta veinte cueritos.
En el campamento todos tienen hambre, y la señora, como buena ama de casa se ocupa del asado y el puchero, junto al reparo del viento que le brinda su toldo de cuero.
La niñita, sentada en el suelo tiene una muñeca. Para pintar ese detalle me inspiré en una pieza exibida en el Museo Antropológico de Buenos Aires.
La mujer tiene el rostro pintado de "ocre", pasta preparada con grasa y arcilla roja; su finalidad era protejer la piel del viento y el sol patagónicos.





"Ave María Purísima", acrílico 40 x 30
Este crioyo saluda (tocándose el ala de su sombrero) a un observador, alguien a quien no vemos que se encuentra en el alero de "las casas" quizás el patrón.
Enmarca la escena una glicina, vieja a juzgar por su tronco.
El hombre es antiguo, viste chiripá con ribete rojo, y una hermosa y enorme rastra de "cardo"
Su camisa de Crimea tiene detalles en pechera y h
ombros de tela oscura. Luce el pañuelo "tendido" al cuello
Su rebenque es de los llamados "de argolla"
El chambergo de paja, es ribeteado y posee barbijo con borla.
Calza botas fuertes. Arrolladas a la cintura las potreadoras (boleadoras de grandes piedras.)
La vestimenta ubica al personaje allá por el 1870.





"Campos porteños"
Antiguamente, a los campos de la provincia de Buenos Aires, se les llamaba "porteños"
El paisano de la imagen, un capataz, bien porteño, viste chiripá, camisa de Crimea blanca y blusa. Calza botas de potro ajustadas con liga. Ensilla lomillo,y luce un espléndido juego de sogas. Por todos estos datos debemos estar en la última década del siglo XIX.
El gateado, de buena alzada, pa
rece nuevón. El paisaje, de campo natural, abunda en pajonales de paja vizcachera, y por el viejo tala que completa la escena, puede ser la zona de Madariaga, o la Magdalena, quien sabe más al norte, en lo que fueran los viejos campo de Pereyra, cerca de donde hoy se emplaza la ciudad de La Plata. En el pastizal un rodeo de criollas mansas aprovechan el rebrote de primavera, donde no faltan las flores silvestres, macachines, verbenas y flores de la Trinidad.
Las lechuzas, en la boca de la cueva, de seguro han sacado pichones. En el cielo pasa su vecino, un tero de pocas pulgas.





"Corral viejo"

En esta escena se ve en detalle la puerta de un
corral de palo a pique, con los rodillos por donde
corren las trancas (generalmente de palma). Al
fondo un añoso tala que brindara sombra a los animales
encerrados en algún momento del día. En la
entrada sobre uno de los palos una lechuza de las
vizcacheras relojea con interés a dos cuises que se
asoman entre los pastos.

domingo, 25 de noviembre de 2012

Jorge Cafrune



El argentino Jorge Cafrune fue en la España de los años 70 uno de los cantantes folclóricos más populares. Canciones como "Zamba de mi esperanza" ocuparon los primeros puestos de las listas de éxito.

Jorge Antonio Cafrune nació en Jujuy, Argentina, 8 de agosto de 1937, en el seno de una familia de origen árabe. Cursó sus estudios secundarios en San Salvador de Jujuy mientras tomaba clases de guitarra.

Trasladado con toda su familia a Salta, el joven formó su primer grupo musical: Las Voces de Huayra, con el que grabó en 1957 su primer disco y realizó su primera gira. Tras grabar un segundo disco, el grupo se disolvió.

Poco después, Cafrune forma un nuevo grupo, Los cantores del Alba, pero finalmente decidió desarrollar su carrera artística en solitario. En esta nueva etapa, debutó en 1960 en el Centro Argentino de la ciudad de Salta para emprender inmediatamente después una larga gira que lo llevaría por varias provincias argentinas y, posteriormente, por Uruguay y Brasil. Precisamente en Uruguay tuvo su primera aparición televisiva. 

En 1962 Cafrune viajó a Córdoba para participar en el Festival de Cosquín, obteniendo un tremendo éxito y siendo elegido por el público como artista revelación. A partir de ese momento, grabó su primer disco en solitario y se sucedieron las apariciones en radio, televisión y teatros de todo el país.

En 1967 presentó la gira De a caballo por mi Patria, con la que recorrió el país. Además de su música, aportaba cintas y fotografías sobre las formas de vida, costumbres, cultura y tradición de las diversas regiones. 

Al finalizar esta gira, Cafrune inició, junto a otros artistas, una gira por los Estados Unidos y España. El éxito alcanzado en nuestro país fue extraordinario, tanto que decidió vivir en España, una decisión a la que no fue ajena su matrimonio con Lourdes López Garzón. 

Regresó a Argentina en 1977, a la muerte de su padre. Eran los tiempos de la dictadura de Videla. En el festival de Cosquín de enero de 1978 , el público le pidió una canción que estaba prohibida, Zamba de mi esperanza.Cafrune accedió a interpretarla, lo que provocó, según parece, amenazas demuerte por parte de algún miembro del ejército. 

En enero de 1978, Cafrune emprendió una viaje a caballo que lo llevaría a Yapeyú, lugar de nacimiento del libertador José de San Martín. Esa noche fue embestido por una camioneta conducida por un joven de 19 años, Héctor Emilio Díaz. Cafrune falleció ese mismo día a la medianoche, pero el hecho nunca fue esclarecido y para la justicia quedó sólo como un accidente.
http://www.plusesmas.com/nostalgia/biografias/jorge_cafrune/

miércoles, 21 de noviembre de 2012

El Gaucho, el mate y el caballo


El gaucho, el mate y el caballo:




El gaucho
El soberano sujeta el reparto de la tierra que ocupaba al sistema feudal, por medio de las “encomiendas”, y grandes “mercedes”, que acordaba a personajes que dejaban el cultivo del suelo o el cuidado de sus ganados en manos de proletariados.
Vivió el colono peleando en las costas para salvar las nuevas poblaciones del saqueo y de las depredaciones de los piratas franceses, ingleses y daneses, que entonces infestaban los mares, y en el interior luchando con el indio, que defendía su suelo de la nueva ocupación, sin que por esto tuviera propiedad ni arraigo. Vivió sin hogar y sin familia.
Este fue el origen de nuestros gauchos: a principios del siglo XVIII, Buenos Aires apenas contaba con un 3% de propietarios sobre su población total. Este hombre vivía luchando con el arma al brazo para defender la propiedad de sus señores, trabajando al mismo tiempo para tender al pago de los fuertes impuestos del soberano y las gabelas y extorsiones de sus patrones; de manera que apenas tuvo sino lo muy necesario para vestirse y mantenerse, sin poder pensar jamás en radicarse al suelo para formar una familia, puesto que a más el gobierno prohibía nuevos repartos de la tierra.

Vivió así nómade y sin vínculos que lo ligaran a la sociedad, por cuya estabilidad luchaba empleando todas sus energías. La raza indígena era indómita e intratable, de manera que pocos puntos de contacto tuvo con ella, viviendo en continua guerra; lo que hizo que el gaucho porteño conservara en gran parte la pureza de la raza española.






El mate
El origen de la yerba mate y su utilización se cuenta por siglos, y en sus principios se mezclan historia y leyenda.
Se dice que los indios ya la consumían, el nombre entre ellos era “caa-mate”, palabra que se logra sumando un vocablo guaraní que con uno aparentemente quechua, como era “matí”. “Caa” en guaraní significa yerba y “matí”, de donde habría derivado “mate”, es voz que en quechua denomina a una pequeña calabaza donde se bebía (bebe) la infusión. Apenas cien años después del descubrimiento de América, se adjudica a Hernando Arias de Saavedra – Hernandarias -, en 1592, el descubrimiento del uso de las hojas de yerba.
Según estos relatos, los indios que hostilizaban a los españoles llevaban, junto con sus armas, unos pequeños sacos de cuero excepcionalmente curtidos, conocidos como “gauyacas” en los que guardaban yerba mate semi molida y algo tostada, que acostumbraban tostar en sus largas andanzas o, adicionándole agua, la sorbían con pequeños canutos pulidos y secos, elaborados con cañas.
Algunas de estas narraciones, reflejan con extraordinaria fidelidad rasgos esenciales del medio y del ambiente, y cuánto significaba el mate para el mismo. Juan Parish y Guillermo P. Robertson, en su relato “El Vivac” (1815), expresan: “La primera distracción del gaucho, después de cumplido su afanoso trabajo, es el mate.
De manera que, tan pronto como terminaban sus tareas, salían a relucir las rústicas y abolladas calderitas y enseguida podía verse a los hombres llenando los mates y chupando las bombillas, mientras caminaban a paso lento o bien permanecían sentados junto al fuego sobre una cabeza de vaca y fumando cigarrillos de papel.
Era el preludio de la cena más suculenta que pueda imaginarse: sobre los fuegos, y ensartados en largas estacas de madera o en brochetas de hierro, inclinadas se veía una media docena de asados compuestos de las mejores partes del animal; el olorcillo de la carne asada, llenando el aire, abría cada vez más el apetito. Una vez todo en calma, los hombres cubiertos con sus ponchos rodeaban los fogones y seguían fumando cigarrillos y tomando mate”.
Esa costumbre de inveterada cortesía del gaucho de antaño, subsiste todavía en el paisano actual: ofrece el mate y se toca el sombrero en un gesto de respetuosa deferencia hacia el invitado.
Forma parte de esa educación innata del hombre de campo, quizá por su alejamiento de los centros poblados y no estar sometido a las tensiones y modalidades de convivencia de los habitantes de las urbes importantes.
Identificado con la tradición y pueblo argentino, el mate se transforma, al margen de su carácter alimentario, en una verdadera simbología representativa, que en muchos casos todavía se sigue manteniendo, en particular en zonas alejadas del interior del país.
En la inmensidad de la pampa abierta, el gaucho al tomar mate, contemplaba absorto el mundo exterior que lo rodeaba, en silencioso recogimiento, su espíritu se sumergía en sentimientos evocativos, que lo llenaban de nostalgia y tristeza, bagaje natural de sus tribulaciones.
Hay algo que trasunta en el paisano actual ese mismo sentimiento, y que confirma la herencia que su noble antecesor le ha confiado como legado permanente y parte de una tradición, que el progreso y sus costumbres condicionantes no ha podido destruir.

El caballo
Para el gaucho, el caballo fue como una parte de sí mismo, y, cuando se daba el caso poco común de que no lo tuviese, decía “que andaba sin pies”. Quizás por eso le dio tantos y tan diferentes nombres, cada uno de los cuales encerraba una verdadera definición de las condiciones del animal.
Pingo, flete, crédito, parejero, chuzo, matungo, maceta, mancarron, sotreta, bichoco, etc. Pingo, flete y chuzo son denominaciones generales, aunque también suele usarse con sentido admirativo. Parejero era y es, exclusivamente, el caballo de carrera; crédito se le llamo al que, entre todos los de la tropilla, merecía más confianza para las ocasiones en que su dueño debía lucir sus habilidades, ya en el rodeo, una “yerra”, una boleada o un largo viaje.
En cambio mancarron, matungo, maceta, bichoco y sotreta son formas despectivas y se aplican a los caballos que carecen de algunas de las condiciones necesarias: velocidad, aguante, buen andar, lo mismo que a los animales viejos o mañeros, es decir, inservibles para el buen trabajo ganadero.

Carlos Ramon Fernandez y Diego


La Leyenda De Gabino


Casi me suena a leyenda, la historia que me contaron
ya muchos años pasaron de una terrible contienda;
la causante fue una prienda que convirtió en asesino
a un puestero, un tal Gabino que por ella y su traición
mató en un duelo al patrón una tarde en un molino.
Comentan que era cantor, que su voz era un lamento
mezcló en su estampa y su acento al zorzal y al picaflor.
Y por culpa del error marchó pa´ siempre el paisano
con la guitarra en sus manos, y el puñal en la cintura,
y se perdió su figura en los montes entrerrianos;
más de un rastreador mandaron pero aquel que se atrevió
nunca jamás regresó ni sus huellas encontraron.
Pero después comentaron que en aquella selva había
una ciénaga que hacía confundir a aquel que entraba,
y si en ella se ganaba, para siempre se perdía.
El tiempo quizás borro la historia de muchas mentes,
y paso a ser simplemente, un hecho que ya ocurrió;
pero nadie imaginó que en tremendo desafío
entre veranos y fríos Gabino vive quizás,
cual paloma montaras en las selvas de Entre Ríos.
Porque un tropero al pasar, siendo en los montes baqueano,
en un claro vio un anciano que intentaba disparar,
al no poderlo lograr, al sentirse descubierto
a pesar del desconcierto desenvainó su puñal,
y echó ancas a un matorral cual montés en campo abierto,
el tropero disparó y en el boliche una tarde dijo:
- no es bueno que guarde lo que mi vista observó -
casi ninguno creyó la historia que les contaba
pero en un rincón estaba refregándose las manos
nerviosamente un anciano que muy atento escuchaba.
-yo si le creo al tropero- comentó don Saturnino
-puede ser que sea Gabino, el fue mi gran compañero,
yo fui mensual y él puestero en la estancia de Almaraz
y hoy cuando el sol no esté más perdido en el horizonte
en las entrañas del monte descubriré la verdad.
cuando la noche a llegar le apago al monte los trinos
ya lo encontró a Saturnino muy dispuesto a averiguar
una lechuza al chistar aquel silencio corto
y allí el anciano soltó un silbo que llevó el viento
y el monte como en un lamento, un silbo le devolvió ,

Así encaró decidido:
a cada paso silbaba y el ceibal le contestaba un silbo muy conocido
y de pronto estremecido en un clarito se halló, con un fogón que alumbró
una imagen que desgarra, un anciano, una guitarra, y como testigo Dios.
En tan extraño paisaje se encontraron dos amigos
y como mudo testigo, la guitarra sin cordaje,
y ya devuelta del viaje les comentó a sus paisanos
con la guitarra en las manos y un lamento en la garganta,
de noche Gabino canta en los montes Entrerrianos!











Carlos Ramon Fernandez.

Padre Marcelino Moya


En las jineteadas empiezan a considerarlo tan imprescindible como la torta frita o la tropilla. Marcelino Moya se aparece por las fiestas camperas -no sin invitación y consentimiento del párroco del lugar- con sus hábitos y su guitarra, para acercar el altar al terreno de los que no van en su búsqueda.
Conocido como “el cura payador”, sube al escenario para trenzarse en contrapunto con algún otro payador invitado, pero en lo mejor de la fiesta arma un altar, anuncia una misa, comulga, confiesa, bendice, predica el Evangelio, y generalmente lo hace mediante el estilo filoso y entrador de los versos rimados.
Los organizadores le pedían que hiciera una bendición y él exigía hacer misa. Empezaron a darle el horario de las diez de la mañana, pero como no había mucho público a esa hora presionó para que se haga antes del almuerzo. Fue ganando terreno y se hizo cada vez más difícil contradecirlo a medida que fue creciendo su fama, por el boca a boca y porque fue creciendo la audiencia de su programa sabatino “Tomando mate”, por LT 39, la radioemisora de Victoria. Pero fue aún más lejos, en una próxima doma del 20 de agosto con Lito Pascualin la misa está programada para las 16.00, lo que es mucho decir si tenemos en cuenta que mientras dura la celebración hay que cerrar una cantina muy concurrida donde el calentador de picos está en su apogeo. Pero tiene un gran público que lo sigue y eso facilita mucho las cosas.
El Padre Marcelino ha escrito el Evangelio en verso y lo ha grabado. Sus misas de campaña, en jineteadas, arrancan con cuartetas rimadas cuando alguno de sus colegas invita a la paisanada para que se vaya arrimando al altar improvisado. Gran parte de la ceremonia es cantada y no por eso se aparta de la doctrina. Prueba de ello es que su libro de próxima aparición, que incluye también los Evangelios en versos, fue revisado por el censor eclesiástico Monseñor Angel Riedel, quien le informó al Obispo Mario Maulión que no encuentra en esta obra “nada contrario a la fe y las buenas costumbres cristianas”. Y Mons. Maulión autorizó la publicación del libro que aparecerá quizás en el mes de setiembre.
Por supuesto, su presencia entre la paisanada despierta simpatías y recibe elogios frente a los cuales no pierde el equilibrio: “Sería un tonto si creyera que los elogios son para mí. Un santo decía; y yo tomo para mí esa figura; que los sacerdotes somos como el burrito del Domingo de Ramos. Jesús no hubiese entrado a Jerusalén sin el burrito; qué tonto hubiese sido el burrito si hubiese creído que las palmas y los ponchos que arrojaban a sus pies eran para él”.
Así lo entiende este hombre sencillo, profundo cuando habla de la fe, sincero cuando aclara que primero es cura y después payador, de risa franca, a quien le cuesta decir que acaban de convocarlo para entregarle un premio por servir a Dios mediante el arte. Este arte que es su don, un don que quiere compartir con la gente. Por ese arte, por su actitud y compromiso con el canto nativo vinculándolo con la fe, recibirá la “Distinción Juan Pablo II”, un premio que otorga por octavo año consecutivo Peregrinando Producciones Católicas, que le será entregado en un festival a realizarse próximamente en Cañada Chica (Santa Fe).

Hoja de vida

Oriundo de María Grande, de un hogar que compartió con otros 7 hermanos de sangre y tres más que sus padres cobijaron. Se ordenó sacerdote el 3 de diciembre de 1992.
Su primer destino fue Villaguay, luego Capellán de los Cascos Azules de la ONU en Chipre y Kuwait; Jefe de Capellanes de todos los institutos militares del país (con sede en Campo de Mayo). Eligió finalmente ser párroco de pueblo y lo fue primero en San Benito, luego en Villa Urquiza y hoy en Seguí, todas localidades del departamento Paraná.
Desde Seguí atiende seis capillas de la jurisdicción y es además Rector del Instituto de Nivel Medio “Padre Enrique Laumann”.
Su libro, de próxima aparición, se titulará “Con guitarras, con payadas… también se puede rezar”.
Su programa radial se emite los sábados a mediodía por LT 39 de Victoria.
Fuente: Paralelo 32

El Chacarero Cantor


Desde hace algunos años su presencia es infaltable en las fiestas camperas. Pero, lo que en su carrera hoy aparece como una cosecha constante, tuvo una siembra larga y paciente que le propinó la llave con que hoy se han abierto tantas puertas a Carlos Ramón Fernández, este chacarero cantor que, aunque aquerenciado en Saladillo, es un poco de tres lugares de la provincia.
“Soy nacido en Dolores, pero viví aquí muy poco tiempo ya que mis padres, por razones de trabajo, se trasladaron a Las Flores y allí me crié y viví hasta los 29, cuando mi mujer heredó una chacra en Saladillo. Antes, en Las Flores, había sido mensual de campo, alambrador; trabajé toda mi vida en el campo, y luego, cuando mi esposa heredó esa chacrita, nos radicamos ahí, siempre con este sueño”, dice el cantor.
A Fernández su padre le regaló a los 15 años una guitarra, lo que señala como el comienzo de su vida de cantor. Con ella empezó a subir a los escenarios de jineteadas, donde animaba el Gringo de Lobos, el encargado de abrir paso a Fernández. Luego, “en Saladillo la vida me dio una nueva oportunidad que fue la de poder grabar y ahí nace mi nombre, «El chacarero cantor», por vivir en una chacra a 15 kilómetros de la ciudad”.
Después vendrían años de recorrer jineteadas con los casetes, que vendía en mano al finalizar la actuación, mientras su vida seguía dependiendo del trabajo semanal. “Pasaron varios años de mucho trabajo en la chacra. De ordeñar y hacer quesos para luego venderlos y de hacer de todo, porque esa es la única forma de poder sobrevivir en un campito chico y de mantener a la familia”. La referencia es a Graciela, su esposa, que lo acompaña a cuantos lados va y a sus dos hijas, Laura y María José, quienes les han dado tres nietos.
“El apoyo de mis padres y de mi mujer y mis hijas ha sido decisivo, porque en esto no se puede avanzar sin ese respaldo.”
En sus canciones le ha cantado a la madre en “Cuatro letras para un verso”; a los ancianos en “Domingo Día del Padre”, un manifiesto contra el abandono que sufren los viejos en la soledad de un asilo; aludió a la mayoría de los oficios rurales en milongas y valses criollos y en esos y otros ritmos le cantó a algunos de los jinetes y caballos más celebres.
No se considera un cantor de protesta aunque en la actualidad, su tema más conocido sea “Que te ha pasado justicia”, una suerte de hit criollo en la que un excluido social cuestiona el funcionamiento de las instituciones y de la justicia social. Tampoco se olvida de sus pares, los campesinos entre los que pasó sus primeros años de labor.
“Quizás en próximos trabajos pueda grabar algo que pienso: no vas a escuchar nunca en un medio importante que un puestero cortó una ruta como medida de protesta o de fuerza; jamás lo hace. Es el hombre que agacha la cabeza y es muy posible que se vaya de un lugar sin pedir aumento. Por ahí la gente de las grandes ciudades quiere ir los fines de semana a descansar al campo y quiere que lo atiendan, pero ese hombre también se merece su descanso por haber trabajado durante la semana. El hombre de campo es un poco incomprendido en esas cuestiones.”
A la hora de agradecer no se olvida de mencionar a los medios que respaldaron sus comienzos. “Los medios regionales siempre me dieron una oportunidad sin pedir nada a cambio.”
La rutina actual lo lleva a viajar casi todos los fines semana en distintas direcciones cumpliendo con los compromisos artísticos o distribuyendo sus discos. “Los lunes ya estamos de regreso en la chacra, donde me gusta ensillar un caballo y salir a recorrer. Tenemos animales y con mi esposa armamos los potreros rotativos con el alambre eléctrico y muchas cosas más de las que nos ocupamos en esos días de la semana que pasamos ahí.”"
Diario La Nacion, Sábado 21 de enero de 2006 | Publicado en edición impresa

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