domingo, 18 de noviembre de 2012

El caballo criollo


Se remonta al caballo español del siglo XVI, el cual tenía una fuerte influencia berberisca y eran considerados los mejores caballos de Europa. Llegaron a nuestro país fundamentalmente por el Río de la Plata y por el Alto Perú. Puestos luego en libertad por distintos motivos, cuatro siglos de selección natural forjaron en nuestro caballo criollo inmejorables condiciones de rusticidad, resistencia y adaptación a medios naturales hostiles.
Durante el siglo XIX las manadas de yeguarizos más próximas a las zonas civilizadas fueron sistemáticamente mestizadas con sangres europeas tanto de silla como de tiro, por lo que el tipo y las condiciones de aquel noble caballo que sirvió tanto para la guerra de la independencia como para extender y defender la frontera contra el indio se fue perdiendo paulatinamente. Este proceso podría haber terminado con nuestro caballo, pero a principios de este siglo el Dr. Emilio Solanet y otros destacados hombres de campo comenzaron la búsqueda de manadas que no hubieran sido mestizadas, llegando incluso hasta la Patagonia en pos de individuos que mantuvieran las condiciones antes descriptas.
El caballo criollo es descendiente del caballo andaluz traído por los conquistadores españoles a Sudamérica. Algunos de ellos lograron la libertad, y adquirieron características propias a través de la selección natural, con la exposición a un entorno salvaje.
Como animal de trabajo el caballito criollo es admirable, en docilidad, resistencia, sobriedad e inteligencia llegan a ser proverbiales.
En tiempos de la conquista, los caballos españoles eran considerados los mejores de Europa, y debemos tener en cuenta que en su formación fue muy importante la influencia de los caballos de los moros en particular de los zenetas cuyos caballos también habrían sido ancestrales de los ligeros caballos árabes.
Al seleccionar los caballos para las expediciones a América, los adelantados cuidaron muy bien de seleccionar los mejores ejemplares, porque no sólo necesitaban que los caballos sobrevivieran, sino que además los ayudaran en su difícil tarea.
Hasta que no se reprodujeron en abundancia, los caballos traídos a América poseían un elevadísimo costo debido a su gran valor práctico y táctico y a su escasez inicial.
Los caballos entraron en Argentina a través del Perú, del puerto de Buenos Aires y de Brasil. Pero la corriente introducida por Buenos Aires es considerada la más importante, los traídos por Pedro de Mendoza al fundar la Ciudad de Buenos Aires en 1536.
Más tarde, Mendoza debió abandonar Buenos Aires obligado por la defensa de los pueblos originarios, y dejó los caballos, que una vez sueltos se reprodujeron prodigiosamente merced al bioma de praderas y pastizales y clima templado típico de la Pampa Húmeda. Tanto, que al llegar Juan de Garay, en 1580 al Río de la Plata consideró a las caballadas como “fantásticas” (abundantes y de excelente calidad).
Sólo los más fuertes lograron sobrevivir y reproducirse, aprendiendo a defenderse de los peligros tales como pumas y otros depredadores, soportando además climas extremos. Los pueblos aborígenes, increíblemente adaptables al “monstruo invasor”, aprendieron primero a alimentarse de su carne, y después lograron una relación simbiótica con el caballo, a tal extremo que en el presente se sigue ampliando el estudio de la “doma india”.
Volviendo a la reproducción y origen de los caballos en el territorio argentino: si ya desde inicios del siglo XVI quedaron caballos libres y se reprodujeron masivamente, estos caballos o baguales cimarrones pasaron a ser considerados “realengos”, es decir posesión de la corona española, aunque en la práctica eran utilizables por cualquier persona habilitada, como los campesinos libres -luego gauchos-, que hicieron de los caballos uno de sus principales medios de subsistencia y un símbolo de prestigio. En cuanto a los indígenas, especialmente los del sur, si por un lado amansaban a los caballos de un modo casi nada violento, era común que consumieran como un manjar la carne de yeguas.
Por otra parte ciertas características de algunos caballos criollos ha hecho suponer que pudieran poseer algún acerbo genético asnal debido a un incidental cruce con una -excepcional- mula fértil (el territorio argentino fue centro de crianza de masiva de mulas para el transporte de minerales preciosos desde las montañosas regiones del Alto Perú).
No hay mejor confirmación de ello que la hazaña llevada a cabo por Aimé Tschiffely: Buenos Aires – Nueva York a caballo. Casi 6000 km. A vuelo de pájaro. El viaje duró 3 años, pero los 2 petisos criollos “Mancha” y “Gato” ya con 15 años de edad, resistieron los climas mas contrastados, la puna, la falta de alimentos, la sed, la fatiga. Llegaron a la meta en inmejorables condiciones. tales cualidades apareadas a la velocidad del pura sangre de carrera, producen los más cotizados caballos de polo.

Pelajes

Alazan




bayo






Blanco





Cebruno



Colorado



Doradillo





Gateado





Lobuno




Moro


Oscuro




Overo Azulejo


Overo Colorado

Overo Negro


Pintado


Rosillo



Tobiano





Tordillo




Tostado


Zaino