miércoles, 21 de noviembre de 2012

El payador Santos Vega


Gaucho el mundo me ha nombrado,
y me arranca de su seno
como planta de veneno
que mata al que la ha pisado;
canalla en fin me ha llamado
con toda indignación,
y en toda la creación,
con mi angustia y con mi vida
no tengo ya mas cabida
que en mi propio corazón.
“Lázaro” – R. Gutiérrez


Mucho se ha dicho y se ha escrito sobre este sombrío trovador, cuya tradición no morirá nunca en la asombrosa memoria de nuestros gauchos.
Sus trovas más sentidas y sus más tristes décimas se sienten en la campañ a, allí donde suena una guitarra, habiendo sido citadas muchas de ellas por nuestros más eminentes poetas, como un modelo clásico de sentimiento y de arte.
Tan asombrosa ha sido la existencia de aquel ser desventurado y fuerte, tan soberbias las prendas de su corazón, que muchos han llegado a sostener que Santos Vega era un ser fantástico a quien se le atribuía todo lo bueno y anónimo de nuestra poesía gaucha.
Y, sin embargo, nada más cierto que la existencia de aquel hombre extraordinario, cuya vida fue un cúmulo de desventuras, muchas de ellas terriblemente trágicas, como la muerte de su querido Carmona, pérdida que lloró hasta que la muerte batió sus alas sobre su hermosa cabeza.
Santos Vega vivía sufriendo y cantando.
Sufriendo, porque según él decía, para sufrir había venido al mundo; cantando porque el canto era el medio de manifestación de su alma artística.
Cuentan que cuando Santos Vega cantaba, se conmovía de una manera poderosa, enterneciendo a sus oyentes hasta las lágrimas, no sólo por sus trovas, llenas de sentimiento, cuanto por su voz poderosa y sollozante, que conmovía como un lamento.
La guitarra, bajo la presión de sus dedos, rendía admirablemente toda la melancolía de que estaba impregnado su espíritu, explicándose sólo así que con su canto, Vega tuviese entretenidos, días y noches, a todos los vecinos de un partido, que como a una feria y fiesta extraordinaria, caían hasta con caballos de tiro a la pulpería o la estancia donde se decía estaba don Santos.
Al principio de su popularidad, Santos Vega era sólo conocido por el payador invencible, pues no había hallado competidor en sus célebres payadas de tres o cuatro días con sus correspondientes noches, tiempo en que vencía a todos los payadores de monta que se le iban presentando.
Pero desde la muerte de Carmona, sus cantos cambiaron como cambió su carácter.
De alegre se volvió sombrío, y sus payadas se convirtieron en las tristes décimas que todos conocen y que hemos recogido nosotros de la memoria de algunos paisanos viejos que lo conocieron y payaron con él.
Santos Vega era un hombre superior por todas las condiciones de su carácter.
Poseía un corazón esencialmente artístico y conocía que su esfera de acción no era el fogón de los ranchos, ni la cocina de los peones en las estancias. El había tratado de acercarse a sus patrones y alternar con ellos: los ojos de más de una hermosa mujer habían sido la inspiración de sus trovas, pero se había sentido despreciado por los primeros, que lo trataron como a un peón ruin, y halló que las segundas ocultaban como cosa vergonzosa el afecto que les había inspirado o la impresión que sintieron escuchando sus amorosas décimas.
Y es que Santos Vega cargaba con el terrible anatema de ser gaucho, como si en aquella raza sencilla e inteligente no se hallaran los caracteres más nobles y los corazones más intrépidos.
Si actualmente el gaucho es perseguido por el solo delito de ser gaucho, calculen ustedes lo que sucedería en el año 1820, época de la que arranca nuestro relato.
Hoy el gaucho es un elemento electoral que se lleva a los comicios, intimado por el sable del comandante militar y la amenaza del juez de paz, verdadero señor de vidas y haciendas.
Su derecho no alcanza ni aun siquiera a tener una opinión, ni a dejar de tenerla, pues tiene que opinar siempre como se lo manda el comandante militar, árbitro del partido.
Su misión sobre la tierra se reduce a votar en las elecciones y ocupar su puesto de carne de cañón en los cuerpos de línea que guarnecen la frontera.
Para esto sobran motivos, y hasta lo es suficiente y grave, tener una mujer o hija hermosa cuyo honor pretende hacer respetar, o haber negado al juez de paz su mejor parejero o su vaca más lechera.
Este es un crimen monstruoso, es la violación de los derechos que posee cualquier animal en la tierra, pero, ¿qué importa?
El gaucho no es ni siquiera un animal: es una propiedad del juez de paz del partido.
Y tan habituado está a esta existencia miserable, que no se queja, pues sabe que su palabra sólo servirá para enconar contra él a la justicia.
A veces sólo toma el camino de la venganza, como preferible al del suicidio.
Para él toda equidad y justicia ha desaparecido.
Si se bate en duelo leal, con todas las reglas de ese acto y da muerte a su adversario, siempre es un homicida asesino para quien se abre la puerta de la cárcel o del cuartel, mientras este género de duelo no está calificado ni penado así para el que no es un gaucho.
Si se suele embriagar por humorada, va al cepo de cabeza, y si protesta va a los cuerpos de línea; mientras que el mismo que lo condena de aquella manera inicua, está ebrio hasta no poder tenerse en pie.
El calificativo de gaucho, como palabra de desprecio, hiere sin cesar sus oídos, mientras lleva una eterna paliza suspendida sobre su cabeza.
Así aquel tipo nacido para el arte, como Santos Vega, va juntando en su corazón todo el odio que a él arrojan los que se creen sus superiores, hasta que se lanza al camino de la venganza, pues los del honor le están cerrados y el del crimen le repugna.
La palabra “justicia” suena para él como la de suprema desventura, pues ella representa el azote de toda su vida.
Y es contra la justicia que se lanza implacablemente, pues su venganza importa la de toda su raza.
El trabajo desaparece para él, no lo halla en ninguna parte.
Se encuentra miserable y proscripto en su propia tierra, y es entonces que toma la guitarra y exhala su queja en inspirada décima. Para él, combatir importa vivir.
Sabe que no tiene más amparo, ni más derecho, ni más razón que los que puede darle la punta de su puñal; y entonces ¡ay del que se ponga a su alcance!
Los cuerpos de línea están llenos de historias tristes.
En ellos, y por los delitos que hemos mencionado más arriba, han entrado gauchos jóvenes, llenos de vida, fuertes como unos hércules y bravos como unos leones.
Y estos hombres, para quienes la vida sonríe con todos sus encantos, han salido con la barba y la cabeza blancas, viejos, decrépitos, con los músculos destrozados por el cepo colombiano y la frente bordada de hachazos recibidos en el cuartel.
Han sido dados de baja por inútiles y porque no valen la ración que casi nunca se les da.
Y ¿para qué sirve esa libertad que se les otorga como una gracia a la puerta de la tumba?
Ella sirve para que el gaucho apure la última y más formidable desventura de la vida.
La de ver su hogar desquiciado, saber que su mujer ha muerto de miseria, que sus hijos han seguido el camino del vicio; y el mayor de sus hijos, aquel en quien cifraba todas sus esperanzas, ha ido a morir en un presidio después de haber recorrido palmo a palmo el camino del crimen.
Y, si este hombre desesperado, da una puñalada como débil desquite al infierno que se le ha hecho apurar, la justicia volverá a ensañarse con él, convirtiendo en un nuevo infierno los pocos días que le quedan de vida.
Y si esto sucede hoy en día, si aún vemos decretos del gobierno mandando remontar los cuerpos de línea con los gauchos que no votan con el juez de paz, ¡calcule el lector lo que sucedería el año 1820!
Entonces no había como hoy un ejército de línea donde destinarlos, pues el ejército, que guarnecía la frontera, era todo de gauchos, y gauchos impagos, que no recibían ración ni uniforme, y que eran licenciados después de dos o tres años de constante servicio.
¡Y este ser extraordinario nunca se queja!
Después de una patriada donde ha dejado un jirón de su carne en cada batalla, vuelve a su pago contento como quien regresa de una fiesta, sin acordarse de la pasada fatiga, ni aun de los sueldos que le debe el gobierno.
Ha cumplido con su deber de soldado, de hijo del país, como él dice, y se da por satisfecho contando a su familia, al amor de la lumbre, las fatigas de las batallas.
Nunca tiene una frase para ponderarse a sí mismo, pues todas sus ponderaciones son pocas para tributarlas al comandante o a su capitán, mozos más o menos lindos, cuyo valor daba coraje.
Y es en ese hombre abnegado y noble en quien se ceba la justicia de paz, hasta el extremo de convertirlo en un mártir o en un bandido.
A pesar de haber sido tachados de defensores del crimen, hemos levantado más de una vez nuestra débil voz en defensa del gaucho de nuestra pampa, porque lo hemos conocido de cerca y hemos podido apreciar las raras prendas de su corazón y el temple formidable de su alma.
Y hemos visto, entristecidos, que el paisano era un hombre destituido de todo derecho y de toda voluntad, sin otra defensa que abatir humildemente la cabeza y sufrir el martirio a que ha sido condenada su raza, o alzarse como Moreira contra la justicia, y morir de una manera fantástica, después de haber postrado a sus pies a todo representante de ella, que se puso al alcance de su daga.
Y Santos Vega venía a la vida con aquella herencia terrible que lleva el gaucho en su nombre.
Había luchado todo lo que le había sido posible, hasta que se entregó a seguir su destino, como quiera que viviese. Al principio había tratado de huir del fogón del rancho, pues se había sentido un ser superior y comprendía que aquel no era su centro.
Pero ya lo hemos dicho: se había sentido despreciar en todas partes, hasta por los mismos que él veía cautivos con su canto, sin otra razón que la supremacía del dinero.
El no tenía más fortuna que su guitarra, su daga y un par de caballos; y con semejante bagaje no se podía aspirar a alternar en la sociedad de la gente rica.
Las prendas de su corazón no valían nada, ni nada valía su espíritu esencialmente artístico.
En su tirador no había onzas de oro ni reguera de patacones; en su apero no se veía ni una sola virola de plata, y con esto no se puede dejar de ser un perdido vagabundo.
Santos Vega vio todo esto y se refugió en su corazón donde juntó una buena dosis de odio y desprecio a los que así lo habían tratado.
Santos Vega concurrió desde entonces al fogón y a la pulpería, cantando las amarguras de su vida en famosas payadas, la mayor parte de las cuales viven hoy mismo en la memoria de los paisanos.
De cuando en cuando solía preludiar un estilo y cantar un triste.
Entonces puede decirse que toda su alma se volcaba en su canto enamorado, dejando entrever el lamento de una pasión desgraciada.
Y es que Santos Vega había amado con toda la intensidad de su alma ardiente; pero según se desprendía de su canto, la jerarquía del dinero lo había apartado de la mujer querida, en cuyo amor había soñado por un momento mitigar la orfandad de afectos en que había vivido.
Los favores que en su esfera había prestado, habían sido pagados con el desprecio y el olvido.
Juan María Gutiérrez (1809-1878)
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