lunes, 26 de noviembre de 2012

Grandes Obras De Carlos Montefusco

¡A DIOS GRACIAS, UNITARIO!
Acrílico sobre madera, 22 x 16, colección particular.

Una reja de pulpería, y la pared de adobe, con marcas de estancia. Un corto alero de paja, proyecta algo de sombra, bajo la cual se encuentra un joven gaucho. Por sus pilchas, estamos en la primera mitad del siglo XIX, ya que usa amplio chiripá, ajustado en las caderas, calzoncillo cribado, botas de potro despuntadas, y ajusta su tirador con dos yuntas.
Por sobre el tirador, lleva anudadas unas “avestruceras”
Su sombrero de paja, se engalana con una cinta azul-celeste, del mismo color que su pañuelo.
Por si no nos queda claro, con su saludo nos dice, ¡A Dios gracias, Unitario!



"Abrojo el picazo" acrílico, 40 x 60
El potro picazo, cabezón y lleno de abrojos se deshace tironeando del maneador.
El paisano lo espanta para que tironee y afloje el cogote, se dice: "lo está palenqueando" Están en un corral redondo bastante antiguón, con espacios cortos entre postes y alambre grueso del llamado "de vía"
El palenque, quizás de ñandubay, tiene tallada una cabeza. No es adorno, ..
.si al tironear el bagual, la soga sube, quedará atrapada en el rebaje y no se saldrá.
El gaucho usa chiripá bayo de trabajo, y unas gruesas medias de lana ajustan los calzoncillos. Chancletea las alpargatas. (este calzado fue difundido por los súbditos vascos al poblar nuestra tierra) La combinación de alpargatas y medias suplantó definitivamente el uso de la bota de potro, en la última dos décadas del siglo XIX.
Este hombre retacón y fornido, por sus rasgos seguramente pertenece a alguna de las tribus que se establecieron del lado cristiano de la frontera.
Palenquear un potro en doma, no fue, ni es en la actualidad una usanza de todos los domadores. La razón de palenquear era dejar dolorido al animal en la nuca, para que luego "cabresteara" con facilidad (siguiera mansamente al hombre)
Algunos animales se estropeaban de por vida, ese era el riesgo, el paisano decía "se descogotó"
 — 


"Acabau cristiano"

En el choque de culturas, a lo largo de la historia de la humanidad, el enfrentamiento bélico era inevitable.

Así ocurrió en nuestras llanuras, la escena representa a un guerrero pampa cargando con su "chuza", lanza larga que los indios blandían con especial maestría, era confeccionada en caña coligüe, su punta era de hierro, solía ser una media tijera de tusar o una hoja de cuchillo. Podían estar adornadas con plumas de ñandú coloreadas o crin de caballo, y poseía una "manija" correa de cuero de la que se tomaba el arma cuando no se la utilizaba.

La frase que da título a la obra pertenece al Martín Fierro de Don José Hernández.




"Al Siñuelo"
Acrílico sobre madera, 30 x 40 cm.

Se le llamaba "señuelo" o "siñuelo" a un grupo de bueyes mansos, que se utilizaban para guiar las tropas de hacienda.
Hace poco, ví en los informes de un viejo libro de estancia, que entre los detalles de las haciendas, majadas y manadas, figuraba un renglón donde decía "ciñuelo"......23. La primera vez que lo veo escrito con "c", y lindo el dato,
de que se componía en este caso de 23 animales.
Los bueyes señueleros respondían a la voz de mando de su entrenador, o al sonido de unos cascabeles que se usaban para llamarlos. Estos hacían punta en los arreos, y los vacunos empujados por su instinto gregario les seguían.
El señuelo era sumamente útil al trabajar con hacienda arisca, para cruzar lugares accidentados o atravesar un río.
También se usaba simplemente para meter la hacienda en el corral, o para formar una tropa.
Es esto último, lo que están haciendo estos dos paisanos. Han apartado una vaca criolla, guampuda y macaca, guiándola al siñuelo.
En cuanto ella lo vea, la dejarán, y solita rumbeará "al siñuelo"
El rebenque que se ve en lo alto no está anudado. Es que el lobuno cara negra, es medio nuevón en el aparte, y para que se vuelque más sobre el vacuno, el hombre viene remolineando el talero, y la lonja se enroscó, momentáneamente, sobre sí misma.
 — 



"Aprendices"
40 x 60 , acrílico sobre madera.

Esta escena se inspira en una anécdota que me contara don Rodolfo Casamiquela. Cierta vez, este famoso antropólogo, visitó a un paisano tehuelche de Santa Cruz. El hombre le mostró la técnica del trabajo en piedra, confeccionando en pocos minutos una perfecta punta de flecha usando una piedrita como materia prima y un punzón de hueso como herramienta
.
A pesar de que los tehuelches hacía ya varias generaciones que no usaban arco y flecha, todavía conservaba intacta la técnica aprendida de sus mayores.
En la pintura, los dos niños aprenden de su padre dicho "arte" El hermano mayor trae seguramente en su puño una piedrita para trabajar. El cachorro de guanaco, es un guachito criado en los toldos, que se usará como señuelo en el campo para atraer las tropillas de guanacos libres. El animalito completamente domesticado tiene un collar de lanitas de colores.
Al fondo otros dos toldos, con los colores del pelo de guanaco, y el árido paisaje del desierto patagónico.
Una pareja de loicas pasan al vuelo.
Después de la llegada del caballo, el pueblo tehuelche dejó de lado el arco y flecha (técnica de caza al acecho) por las boleadoras, que arrojaban desde sus montados a la carrera.
 —


"A recorrer"

Amaneció húmedo, el puestero ya en el corral agarra
el nochero, el perro mas joven impaciente, y el
perro viejo preferiría no salir hoy.

En la vestimenta del paisano aparecen el chiripá
y las alpargatas, y en el paisaje pareciera que se
recortan unos eucaliptos entre la neblina. Estos
detalles son propios de fines del siglo XIX.





"Asau y puchero"" acrílico sobre madera, 40 x 60
Los tehuelches fueron un orgulloso y vigoroso pueblo nómade, que habitó la llanura patagónica y la pampa, desde lo que hoy conocemos como el sur de Córdoba, hasta el estrecho de Magallanes.
La mujer de la escena es tehuelche, y se la reconoce por el uso del quillango, o capa de cuero. Ellos en su lengua le llamaban "kai" Muchos KAI estaban pintados
con figuras que representaban a cada clan. Su confección estaba a cargo de las mujeres.
La mayoría de los KAI, estaban hechos con cueritos de chulengo (cría del guanaco), cocidos. Para una capa destinada a un adulto eran necesarios hasta veinte cueritos.
En el campamento todos tienen hambre, y la señora, como buena ama de casa se ocupa del asado y el puchero, junto al reparo del viento que le brinda su toldo de cuero.
La niñita, sentada en el suelo tiene una muñeca. Para pintar ese detalle me inspiré en una pieza exibida en el Museo Antropológico de Buenos Aires.
La mujer tiene el rostro pintado de "ocre", pasta preparada con grasa y arcilla roja; su finalidad era protejer la piel del viento y el sol patagónicos.





"Ave María Purísima", acrílico 40 x 30
Este crioyo saluda (tocándose el ala de su sombrero) a un observador, alguien a quien no vemos que se encuentra en el alero de "las casas" quizás el patrón.
Enmarca la escena una glicina, vieja a juzgar por su tronco.
El hombre es antiguo, viste chiripá con ribete rojo, y una hermosa y enorme rastra de "cardo"
Su camisa de Crimea tiene detalles en pechera y h
ombros de tela oscura. Luce el pañuelo "tendido" al cuello
Su rebenque es de los llamados "de argolla"
El chambergo de paja, es ribeteado y posee barbijo con borla.
Calza botas fuertes. Arrolladas a la cintura las potreadoras (boleadoras de grandes piedras.)
La vestimenta ubica al personaje allá por el 1870.





"Campos porteños"
Antiguamente, a los campos de la provincia de Buenos Aires, se les llamaba "porteños"
El paisano de la imagen, un capataz, bien porteño, viste chiripá, camisa de Crimea blanca y blusa. Calza botas de potro ajustadas con liga. Ensilla lomillo,y luce un espléndido juego de sogas. Por todos estos datos debemos estar en la última década del siglo XIX.
El gateado, de buena alzada, pa
rece nuevón. El paisaje, de campo natural, abunda en pajonales de paja vizcachera, y por el viejo tala que completa la escena, puede ser la zona de Madariaga, o la Magdalena, quien sabe más al norte, en lo que fueran los viejos campo de Pereyra, cerca de donde hoy se emplaza la ciudad de La Plata. En el pastizal un rodeo de criollas mansas aprovechan el rebrote de primavera, donde no faltan las flores silvestres, macachines, verbenas y flores de la Trinidad.
Las lechuzas, en la boca de la cueva, de seguro han sacado pichones. En el cielo pasa su vecino, un tero de pocas pulgas.





"Corral viejo"

En esta escena se ve en detalle la puerta de un
corral de palo a pique, con los rodillos por donde
corren las trancas (generalmente de palma). Al
fondo un añoso tala que brindara sombra a los animales
encerrados en algún momento del día. En la
entrada sobre uno de los palos una lechuza de las
vizcacheras relojea con interés a dos cuises que se
asoman entre los pastos.